9 ene. 2012

Hacer las maletas, pero ¿adonde nos vamos?

Muchos países tienen hoy aperturas comerciales superiores al 50% de su PIB y movimientos de divisas que superan el 300%, con una regulación muy liberalizada de esos flujos desde 1990. Hemos convertido a los presidentes de gobierno, incluso de países grandes, en alcaldes de ciudad gestionando economías cada vez más necesitadas del suministro, el consumo y el ahorro de otros territorios y compitiendo con ellos, sin posibilidad de poner ninguna traba y garantizar el éxito. Lo hemos justificado como precio a pagar por el crecimiento económico, pero vivimos en un mundo en el que trabajadores y  pequeños empresarios temen la emigración y el cierre de sus empresas, mientras las grandes corporaciones son cada vez más trasnacionales y, por tanto, con propietarios a los que les da igual ganar dinero en España que en Japón, en China o en Canadá.

Así ha sido también en la UE, que de ser refugio de los ciudadanos europeos frente a los embates de la competencia con otras regiones del mundo, ha pasado a convertirse en espacio en el que mercancías y finanzas cruzan sus fronteras interiores agudizando los desequilibrios entre  regiones con desigual punto de partida: lo que empezó con 6 países, hoy abarca a 27. Hemos aplaudido las economías de escala y la mayor competencia en un mercado con 400 millones de ciudadanos, pero hemos infravalorado el riesgo de concentración del capital, de la producción y la riqueza en los países y regiones con ventajas competitivas. Precisamente porque esto se sabía cuando se decidió construir el mercado común y la moneda única, los territorios perjudicados con la Unión disponían de periodos de adaptación - muy cortos, a mi juicio, para los que entraron a partir de 1985- y de fondos procedentes de los países más ricos para hacer frente a los desequilibrios, insuficientes pues apenas rozan el 1% del PIB de la UE y no siempre bien utilizados ¿no recuerdan el cartel del FEDER en alguna carretera de un páramo sin tráfico que atender?.

La UE es una economía bastante equilibrada en términos agregados, pues entran bienes y servicios por valor muy cercano al de sus salidas; y como apenas exporta el 14% de su PIB a otros continentes, su limitada apertura permitiría a un Gobierno Federal aplicar con éxito políticas keynesianas, sin efectos negativos sobre la balanza de pagos común.  Pero ese equilibrio no se mantiene entre países y regiones. Los países/regiones exportadores son correlato de otros países/regiones importadores, pues, como es obvio, no es posible que todas las regiones a la vez vendan más de lo que compran.

Si el efecto de la competencia entre empresas es que unas abren y otras cierran, su efecto sobre el territorio es que unos exportan y ahorran y otros importan y se endeudan. Si las regiones que se empobrecen no reciben transferencias o inversiones de las que se enriquecen gracias al mercado, el resultado es un flujo migratorio hacia las regiones ricas al tiempo que aumenta el diferencial salarial y del nivel de vida. Y lo mismo ocurre cuando el efecto de un shock exterior sobre un país es distinto para cada región. ¿Se nos ha olvidado que la liberalización de la economía española en los sesenta aumentó la productividad y la renta al tiempo que crecía la emigración del campo a la ciudad y de unas regiones a otras? Y si de 1986 a 1990 España vivió la euforia del Mercado Común con desigual balance regional, la crisis de 1993 la pagamos todos devaluando la peseta. El Euro nos permitió otro salto, ahora sin red, de 1997 al 2007, pero con un déficit comercial que crecía año tras año y una deuda  privada externa desbocada. Ahora no hay devaluación para pagar y los fondos FEDER escasean.

Como sabemos, España no dispone de autonomía arancelaria, ni monetaria o de tipo de cambio para reponer la competitividad perdida con otros países europeos. La vía de bajar salarios y gasto social para obtener los euros que debemos por los excesos del pasado, vendiendo más y comprando menos del exterior, aparte de injusta en el reparto de la carga, tiene como inconveniente que los demás países están haciendo exactamente lo mismo. Esa es la receta que impone Alemania, aunque tenga el precio de la caída también de sus exportaciones, bien es cierto que con el consuelo de que sus financieros reciban a cambio la propiedad de empresas y bancos que han recibido préstamos y me temo que el patrimonio de los Estados deudores, si al final se derrumba el euro. En definitiva: una crisis para todos –también para ellos-, como sacrificio necesario para la concentración del capital en manos de los más poderosos, perdón, he querido decir eficientes.  

A eso parece que apuesta la última cumbre europea, imponiendo un techo de gasto y una homologación fiscal y laboral entre países miembros que eviten la competencia desleal. Aunque el resultado sea de mayor integración y pueda ser aplaudido por los europeístas, estos acuerdos no auguran nada bueno, pues la letra pequeña la redactarán los partidos conservadores que gobiernan en los principales países, entre ellos España. Hay que temer, pues, que la homologación se haga hacia abajo, premiando los “minijobs” y  “el bajo gasto social”, que permita recuperar las ganancias de las grandes corporaciones y capitalizar los bancos, dejando en el tintero la reforma del BCE y el Presupuesto Federal de la UE para cuando hayan ganado el pulso con los sindicatos y con las pequeñas empresas que viven del consumo local. Porque si estando vencida la sociedad, concluida la fase de concentración y centralización del capital, tampoco entonces se deciden a cambiar de rumbo, veo a los europeos cruzando fronteras dándose gorrazos por quitarse los empleos unos a otros.


Artículo publicado en Diciembre 2011.
Clemente Hernández - Coordinador ATTAC-Alacant.

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